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La noche de los dulces perdidos

  • 1 oct 2024
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 6 nov

Hola. Me llamo Emma, tengo ocho años y, sí… otra vez me disfracé de bruja.Y antes de que empieces con lo de “¿otra vez con ese sombrero?”, déjame decirte algo: mi sombrero tiene memoria. Cada año que me lo pongo, me recuerda dónde escondí los mejores dulces, sí, dentro de él... y eso, querido lector, vale más que cualquier disfraz inflable de unicornio zombie.


Eran las seis y cuarto de la tarde. Hora exacta en que, en mi colonia, los niños empiezan a salir como murciélagos hiperactivos a pedir dulces.Yo ya estaba lista: capa morada, escoba que no vuela (pero hace el intento), bolsita naranja con fantasmitas y cara de “hoy recolecto el triple”.


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—¡Emma, baja ya, o los dulces desaparecerán! —gritó mamá desde abajo.“Qué exagerada”, pensé. “¿Desaparecer? Ni que fuera magia...”


Spoiler alert: sí era magia.


Cuando salimos a la calle, me detuve en seco.Nada. Cero. Silencio absoluto.Las luces de Halloween estaban apagadas. No había telarañas falsas colgando, ni esqueletos de plástico bailando con el viento, ni niños corriendo disfrazados de dinosaurios, princesas o luchadores con panzas de hule.

Mi colonia parecía... lunes Godín.


—Mamá… ¿nos equivocamos de día? —pregunté.

—No lo creo… —dijo ella, mirando alrededor como si esperara que alguien gritara “¡Sorpresa!”


Y entonces lo vi.


Una figura pequeña, corriendo entre los arbustos del jardín de los Pérez. Algo como un... ¡mini elfo ninja cargando una mochila del tamaño de un refri!


Corrí. Porque si algo he aprendido de las películas que no me dejan ver es: si ves algo raro, síguelo. ¿Qué es lo peor que puede pasar?


Lo atrapé justo cuando intentaba treparse al buzón de los Rodríguez para dejar una envoltura vacía de paleta payaso.


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—¡Alto ahí, saqueador de gomitas! —grité, apuntándolo con mi escoba como si fuera un rayo láser.Él se giró. Y sí… era un duende. Verde. Orejas largas. Gorro puntiagudo. Y una expresión de “ups, me vieron”.


—¡Ah, cielos! ¿Ya es hora del interrogatorio? —dijo cruzándose de brazos como si esto fuera una comedia policial.

—¿Qué estás haciendo con todos esos dulces?

—Emm… ¿almacenamiento de emergencia?

—¡Estás robando los dulces del barrio!

—No digas “robar”, suena a cárcel. Prefiero “recolección dulce intensiva”.


Me crucé de brazos, igual que él.Él suspiró. Se sentó sobre su mochila gigante y dijo:


—Soy Tristán. Vengo de un lugar donde Halloween está prohibido. Allá solo celebramos el Día del Brócoli Hervido. Nadie se disfraza, nadie ríe, y los únicos dulces que existen son caramelos de col rizada.


Me dio lástima. Pero también coraje. Porque una cosa es querer vivir Halloween y otra muy distinta es comértelo todo tú solo.


—¿Y no se te ocurrió pedir? ¿O unirte a los niños en vez de dejarlos sin nada?

Tristán bajó la mirada.

—Quería sentir que esta noche era mía. Solo mía. No sabía que los niños ya no saldrían si no había dulces. Pensé que… no importaba.

Lo miré largo rato.Y como no tenía a nadie más con quien salvar Halloween, le extendí la mano:

—Ok, duende. Vamos a arreglar esto. Pero lo haremos a mi manera: compartiendo.


Tristán parpadeó.


—¿Compartir? ¿Eso se come?—No, pero se siente bien.


Acordamos devolver los dulces. Pero hacerlo al estilo Halloween: con espectáculo.


Tristán tenía magia. Poquita. La justa.Podía cambiar su voz, lanzar mini fuegos artificiales desde los dedos y hacer que los dulces flotaran.Yo tenía estrategia. Sabía qué casas preferían gomitas, cuáles daban chocolates importados y cuáles daban… pasas. (Sí, existe gente así).


Fuimos casa por casa. Mientras Tristán lanzaba dulces por las ventanas con sus fuegos artificiales, yo me encargaba de anunciar con voz de película:


—¡Los dulces han vuelto! ¡El hechizo del egoísmo ha sido roto!


En una casa, Tristán usó su voz de vampiro español para hacer reír a los niños. En otra, hizo levitar una piñata en forma de murciélago. En otra, convirtió una caja de cartón en un dragón que escupía paletas. Lo juro.


La colonia volvió a encenderse como árbol de Navidad adelantado.Los niños salieron en masa, confundidos al principio, pero luego gritando felices.


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—¡Halloween regresó!

—¡Hay dulces en las puertas!

—¡El dragón de las paletas sí existe!


Tristán y yo nos escondimos detrás de una reja a mirar. Y justo cuando iba a decirle “buen trabajo, duende de dudosa moral”, me ofreció su dulce favorito: una paleta de sandía con chile.


—Toma —me dijo—. Es la última. Y quiero compartirla contigo.


Esa fue la verdadera magia. No el dragón, ni los dulces flotantes. Fue ese momento de “esto es para ti porque sí”.


Esa noche, Tristán y yo terminamos bailando su famoso “baile de la galleta encantada” en medio del parque. (Mamá me dijo después que me vio desde la ventana y pensó que me había dado un ataque de azúcar).


Antes de irse, me abrazó.


—Gracias, Emma. Esta fue la mejor noche de mi vida.

—Y la más rara de la mía —dije, metiéndole un puñado de mis dulces en su mochila.


Desde entonces, cada Halloween dejo una mini calabaza en el jardín. Si al día siguiente está llena de dulces rarísimos (como chicles de arcoíris o gomitas con forma de trompeta), ya sé quién vino a visitarme.


Y sí, este año también me disfrazaré de bruja. Porque los sombreros con memoria… nunca fallan.


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Audio cover
La Noche de los Dulces PerdidosBeto Moheno / Suno

🎃 Actividad: “Compartir es la magia más grande”


🎯 Lección:

La noche no es especial por los dulces, sino por compartir, ayudar y celebrar juntos.


Pasos rápidos


  1. 👻 Crea tu “bolsa de compartir”: Cada integrante de la familia (o amigos) pone en una bolsita algunos de sus dulces favoritos. No todos, solo los que está dispuesto a compartir.


  2. 🍬 Reto “Tristán el Duende”: Como en la historia, cada uno debe regalar un dulce a otra persona…pero diciendo algo bonito o gracioso, por ejemplo:

    • “Este chocolate es para ti porque eres magia sin escoba.”

    • “Te doy esta gomita, no porque te la merezcas… sino porque me sobraron.” 😏


  3. 🧙‍♀️ “Sombrero con memoria”: En un sombrero, frasco o calabaza, todos meten papelitos con frases como:


    • “Hoy me sentí feliz cuando…”

    • “Gracias por…”

    • “Lo más mágico de hoy fue…”Luego se leen en voz alta.


  4. 📸 Foto final o mini baile ridículo (opcional pero legendario): Hacen su propio “baile de la galleta encantada” como en el cuento.Risas garantizadas, dignas de archivo familiar.

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