

















El equipo imposible
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Miren, yo he visto de todo en el barrio de La Amargura. He visto niños ganar carreras con tenis rotos y he visto niños rendirse por un raspón. Pero les digo una cosa: nunca he visto un lugar tan honesto como La Cancha Chueca.
Ese terreno baldío, con sus piedras y su poste de luz a la mitad, no te dejaba mentir. Si eras chueco, te lo recordaba. Y los muchachos del "Equipo Imposible" eran, créanme, bastante chuecos.
Estaba Pedro, cuya pierna era un cañón descalibrado. Tere, que corría tanto que no sabía para dónde iba. Fabián, el más veloz del barrio, que se tropezaba hasta con su propia sombra. ¿Ven? No les faltaban ganas, les faltaba confianza.
Un día los encontré tirados en el suelo, con más penas que goles, pensando que no servían para el fútbol. Y yo, que he pasado más años vendiendo churros que metiendo goles (aunque algunos dicen que fui profesional, ¡pero no me crean!), les dije algo simple: el problema no es la cancha; es lo que crees que puedes hacer en ella.
Esta historia que tienen en sus manos no es sobre cómo ganaron un trofeo (aunque eso pasó un año después). Esta historia es sobre lo que se gana cuando se pierde. Es sobre entender que los defectos no son fallas; son simplemente roles esperando a ser asignados.
Les enseñé a jugar fútbol-escoba (sí, con escobas) y otras locuras. Les enseñé que un equipo, como un buen surtido de botanas, debe tener de todo: lo picante, lo salado, lo dulce.
Si ustedes, como yo, han tenido que levantarse de una caída, esta historia es para ustedes. Si quieren que su hijo o hija sepa que el valor de un jugador no está en el marcador, sino en la fuerza para no rendirse...
Los invito a que vean cómo el equipo más chueco del barrio aprendió a creer en sí mismo.
La lección de Botanas Juanjo comienza aquí, pero el entrenamiento completo no.
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