Frank, mi amigo que solo podía caminar…
- 5 jun 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 30 dic 2025

A Frank lo conocí en el parque, el día que mi tiro a gol salió tan chueco que la pelota terminó del otro lado del mundo… o sea, junto a él.
—¡Bolita, por fa! —le grité.
Frank me volteó a ver con cara de “sí quiero… pero no puedo”.
—No puedo —dijo.
Yo pensé que era de esos señores intensos que se creen atletas. Pero no traía pants, ni reloj deportivo, ni audífonos. Traía jeans, una playera y una cara de cansancio que no se le quitaba ni sonriendo.
—¿Por qué no puedes? —le pregunté, alcanzándolo.
—Porque… no puedo parar —me soltó, como si fuera lo más normal del mundo.
Y ahí me cayó el veinte: Frank no caminaba “por gusto”. Caminaba como si el mundo lo empujara por la espalda. Como si quedarse quieto fuera peligroso. Como si detenerse rompiera algo.
Lo seguí un rato (spoiler: seguir a alguien que nunca se detiene es el mejor ejercicio de tu vida). Me contó que su abuela le dejaba comida en una ventana, en una bolsa, y él la agarraba al vuelo. Me contó que había una frase que le daba vueltas en la cabeza desde niño. Y luego, sin querer, vi su medallita y entendí que no era un chiste.
Era una promesa.
De esas que se te quedan atoradas en el pecho.
Esa tarde, mientras yo iba pensando qué decirle para ayudarlo sin sonar a adulto, Frank miró hacia una mesa de café. Había una chava riéndose con sus amigas. Frank cambió el paso, infló el pecho… y de pronto se vio más humano que nunca: como alguien que quiere acercarse, pero vive corriendo por dentro.
Y ahí fue cuando entendí algo que no te enseñan en la escuela:
A veces “no parar” no significa mover los pies…sino seguir intentando aunque te tiemble el corazón.
Si quieres saber qué pasa con Frank, con la promesa, con el parque y con esa mesa de café…
Descarga el cuento “Frank, mi amigo que solo podía caminar…” y léelo hoy. Te va a pegar bonito. Y te va a dejar pensando.





















Comentarios