Frank, mi amigo que solo podía caminar…
- 5 jun
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 6 nov

Era Frank. No porque asustara como Frankenstein ni porque cantara como Sinatra, sino porque su mamá quería un hijo que fuera un buen hombre… y que fuera franco. Fueron al registro civil, y la señorita prefirió ponerle Frank en vez de Franco. Creo que algo sabía de historia.
Pero bueno, esa no es la historia que les voy a contar. El porqué se llama así me lo dijo un día que caminábamos juntos.Yo, honestamente, lo habría bautizado Forest o Bolt, porque mi amigo Frank era común como todos… menos por una cosa: no podía dejar de caminar.
Sí. Solo caminaba. No podía parar. Llevaba toda su vida así. Suena a película, y quizás lo sea, pero lo cierto es que era impresionante: 20 años caminando sin detenerse ni un minuto.
Ahora, para alguien que lleva toda su vida caminando, Frank tenía unos kilos de más. Porque sí, caminaba, pero también comía como si tuviera tres estómagos y dos turnos de comida al día. ¿Cómo le hacía? Pues esa es otra historia: su abuela le dejaba la comida en la ventana de su casa, en una bolsa, como si fuera un auto-mac. Frank pasaba y recogía la bolsa sin detenerse. Era un sistema bastante efectivo, aunque algo raro.
¿Que cómo lo conocí? Bueno… yo, como cualquier niño activo, suelo ir al parque con mi bici. Siempre me llamaba la atención ver a Frank. La diferencia entre él y los señores que caminan por salud era que Frank iba vestido de ropa casual, no con pants ni gorra de corredor. Raro, pensé.
Un día lo vi desde la ventana de mi departamento, caminando por la calle. Mismo ritmo. Mismo estilo. Raro, volví a decir.
Otro día, como cualquiera, estábamos jugando retas en el parque. Yo disparé a gol, pero la mandé al otro lado del parque. Y justo ahí estaba Frank.
—¡Bolita, por favor! —le grité.
—¡No puedo! —me respondió con cara de preocupación y un gesto de “perdón”.

“Raro”, volví a pensar. Pero esta vez me acerqué corriendo.
—¿Por qué no puedes? ¿Eres peor que yo jugando fut?
—Seguro que sí. Pero no es eso... no puedo parar —dijo con prisa.
—¿Tienes que ir al baño o qué?
—No, no... quizás en unos dos kilómetros. Es complicado explicarlo
—Mira, no te ofendas, pero eres lo más raro que he visto esta semana. Y eso que vi a una señora en silla de ruedas echándose unas carreritas con un niño en patín del diablo.
Frank se rió. Como un bochito metiendo segunda.Tanto caminar no le dejaba mucho aire para reír.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, tomando confianza.
—Frank, por ser franco —me dijo, volteando a verme y dándome la mano—. ¿Y tú?
—Pepe, por la canción: “pepepepepe, pepepepe, pepee” —le respondí bailando.
Frank volvió a reírse como bocho.
—Amigo Frank, ¿por qué nunca paras? —pregunté con curiosidad, siguiéndole el paso.
Frank me miró.—Te voy a ser franco… no lo sé. Solo sé que si paro, algo malo va a pasar.
—Híjole… eso suena… ¿imposible, no? Hasta los coches más rápidos tienen que parar.
—Pues sí, pero yo no puedo. Eso me dijo mi mamá: “Nunca pares, Frank. Ni por lo más mínimo”.
—¿Y tu mamá, amigo Frank?
—Mi mamá… tuvo que parar, ¿sabes? Ya no está en este plano. Pero la llevo aquí —dijo, mostrándome una medalla que colgaba de su cuello.
La abrió. Dentro había una foto de él con su mamá.
—Oye, pero aquí estás sentado con ella —le dije, algo sorprendido.
—Sí, pero yo tengo que cumplir lo que ella me enseñó: nunca voy a parar —dijo con firmeza.
Seguimos caminando juntos. De pronto, noté que Frank empezó a caminar como si llevara dos garrafones, uno en cada brazo. Alzó una ceja como mi amigo Ancelotti.
Seguí la dirección de su mirada y… sí. Frank le estaba coqueteando a una chava. Ella estaba con sus amigas, tomando café y platicando. Era bonita, guapa. Pero ni lo miró.
—Amigo Frank, ¿por qué caminas como mudancero?
—¡Ya basta, por favor! Solo me haces preguntas de mi vida, de mi caminar… ¡y ya me estás cansando! —me gritó, molesto.
Me sentí mal. Algo parecido decía mi papá cuando le preguntaba cosas como “¿por qué vuelan los aviones?” o “¿por qué el cielo es azul?”. Siempre se molestaba. Y me decía “ya basta”. Esto se lo dije a Frank.
—Perdón, amigo Pepe… no estoy acostumbrado a hablar —dijo.
—No te preocupes, amigo Frank. Entiendo que puedo cansar a la gente.
—¡No! Eso no es cierto. Me caes bien. Y por cierto: el cielo se ve azul debido a un fenómeno llamado dispersión de Rayleigh, donde la luz del sol se dispersa en la atmósfera. La luz azul, que tiene ondas más cortas, se dispersa más que otros colores. Por eso lo vemos azul.
—¡No lo puedo creer, amigo Frank! ¡Eres un genio! Eres como Frank Borman, el astronauta del Apolo 8. Vi un documental con mi papá.
—¿Ya ves? No cansas. Ni a tu papá, ni a mí, amigo Pepe. Quizás tu papá pasaba por un mal día… y no sabía por qué el cielo es azul. Todos tenemos un mal día.
Frank tenía razón. Pero me di cuenta de algo: el que necesitaba ayuda, era él.
—¿Y si lo mismo pasa con la niña del café?
—¿Cómo?
—Sí. Si vas siempre caminando y como mudancero estilo Ancelotti, ¿cómo se va a fijar en ti? Tienes que parar. Acercarte. Hablar con ella, amigo Frank.
Cerró los ojos.—¡No! Le fallaría a mi mamá. Le prometí que nunca pararía —dijo orgulloso.
—Pero tal vez ella se refería a no parar de soñar, de aprender, de luchar… no a no dejar de andar.
Frank no dijo nada.Y de pronto, unos segundos después… se detuvo. En seco. De suerte no venía un corredor atrás.

—¿Sabes qué, amigo Pepe? Tienes razón. Voy a hablar con ella.
Frank dio media vuelta, caminó decidido hacia la chava.
—¡Para, amigo Frank, para! —le grité.
—¿Qué pasa?
—¡Hueles a convento! (No sé qué significa, pero mi mamá me dice eso cuando huelo feo). Así te va a rechazar.
—Tienes razón —me dijo.
Fuimos a casa de su abuela. No estaba. Frank entró a su cuarto. Hacía mucho que no lo hacía. Se emocionó. Se bañó, se puso desodorante con olor a chocolate (peor que su olor anterior), se peinó y regresamos al parque.
Se acercó a la chava, la saludó. Lo que pasó… le pasó otras diez veces hasta que encontró a la correcta, ella lo rechazó. Pero Frank se hizo más fuerte. No paró, soñó, estudió, intentó.

Nunca se rindió.
Y así, mi amigo Frank encontró al amor de su vida, tuvo tiempo para sentarse… y pasarme el balón.

✅ 1. Carrera sin llegar primero
🎯 Lección: No siempre gana el más rápido, sino el que acompaña mejor.
Cómo se juega:
En parejas, todos deben llegar a la meta al mismo tiempo.
Si uno llega antes, tiene que regresar y tomar la mano del otro.
Solo ganan si cruzan juntos.
💬 Mensaje final: “Ir acompañado vale más que llegar primero.”
✅ 2. El Juego de Parar (El momento Frank)
🎯 Lección: Está bien detenerse cuando lo necesitas.
Cómo se hace:
Todos caminan o trotan en círculo.
Alguien grita: “¡PARAR!”… pero solo puede detenerse quien sienta que ya es momento, no cuando lo dicen.
Luego comparten: “Paré porque…”
💬 Mensaje: “Parar no es rendirse. A veces es escucharte.”
✅ 3. Caminata de Confianza
🎯 Lección: Confiar también es valiente.
Pasos:
Uno camina con los ojos cerrados.
Otro guía solo con palabras (sin tocar): “A la izquierda”, “cuidado”, “sigue”.
Cambian de roles.
💬 Mensaje final: “A veces el verdadero valor es dejar que te cuiden.”
✅ 4. El Balón que Solo se Pasa Caminando
🎯 Lección: Se puede avanzar lento… y aún así jugar bien.
Cómo se juega:
Se juega fut, quemados o atrapadas, pero con una regla: nadie puede correr, solo caminar como Frank.
Risas garantizadas, pelotas lentas, mucha coordinación.
💬 Mensaje: “No necesitas correr para avanzar. Necesitas intención.”









Comentarios