Gatitos Como Tú
- 6 nov 2024
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Actualizado: 6 nov

Todo empezó la mañana en que Milo, el gato más dramático del bosque, se echó perfume detrás de las orejas....
Sí, perfume, de esos que uno encuentra tirados junto a un bote de basura, con olor a “esto alguna vez fue caro”. Caminaba con la cola erguida, como si fuera modelo de marca de croquetas.
Chaky, una loba joven con el alma llena de curiosidad, lo miraba desde lo alto de una roca, masticando un pensamiento y un trozo de rama.
—¿Te vas a casar con una flor o qué? —le dijo sin rodeos.
—Con Daisy —respondió él, con sus ojos medio cerrados de ternura dramática
—Es una perrita de ciudad. Tiene un collar que brilla más que la luna y... se peina Chaky. ¡Se peina!
Chaky arqueó una ceja, o lo habría hecho, si las lobas tuvieran cejas sobresalientes...
—¿Y tú qué hacías en la ciudad, gato del bosque?
—Estuve... explorando. Subí a una terraza y la ví desde la ventana. Fue amor a primera vista. Me voy a conquistarla, a dejar este lugar... el lodo, los grillos, los árboles que se ríen cuando te tropiezas.
—Milo —suspiró Chaky, sabiendo que no había marcha atrás —Te vas a romper algo más que la dignidad.
Pero Milo no escuchó, bueno, sí, pero decidió ignorarlo.
Y así, una mañana con neblina espesa, sin despedirse bien, el gato se fue tras las luces de la ciudad y a buscar a Daisy.
Al principio, Chaky sintió un hueco. No de hambre, eso lo resolvía con un par de saltos y una zarzamora, sino uno más profundo, el de perder a un amigo que era insoportable, pero también suyo.
Pero el bosque no se detuvo, ni el viento, ni la vida.
Ese mismo día, Chaky habló con Remo, un mapache gordito con delantal, que le enseñó a hacer sopa de frutas silvestres con bayas que crecen sólo donde cantan los pájaros azules.
Luego conoció a Cornilia, una ardilla nerviosa que hablaba tan rápido que parecía que discutía consigo misma. La llevó al punto más alto del bosque, donde las estrellas se tocan.
Y por las noches, escuchaba cuentos del Búho, sabio y ojeroso, que le hablaba de un ciervo que aprendió a volar porque todos le decían que no podía.
Chaky dejó de esperar. Empezó a vivir.

Pasaron semanas.
Una noche de tormenta, esas que suenan como si el cielo se estuviera peleando con las nubes, Chaky despertó con un presentimiento. Uno de esos que no hacen ruido, pero pesan en el pecho.
Entonces lo escuchó. Un maullido, no cualquiera. Uno mojado, quebrado, con sabor a arrepentimiento.
Salió corriendo, saltó charcos como si fueran piedras calientes. Esquivó ramas, viento, rayos. Y ahí, justo donde el bosque comenzaba a dejar de ser bosque, lo encontró, a Milo. Empapado, embarrado de lodo hasta las orejas, temblando. El collar que tanto buscó para ser aceptado, colgaba torcido, atascado en su cola como un mal chiste.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, jadeando, con la lluvia pegándole la cara.
Milo levantó la vista. Tenía los ojos hinchados, pero no por la lluvia.
—La ciudad no era lo que pensaba —dijo, tragando saliva —Daisy... se rió de mí. Me dijo que sin collar no era "material para su corazón". Me puse perfume de los caros y me dio alergia. Nadie me ayudó cuando me perdí. Todos caminan tan rápido que ni siquiera me vieron, como si no existiera.
Chaky lo miró sin decir nada, sin mover una oreja. Solo lo miró.
—Pero tú sí me ves —susurró Milo, más como un pensamiento que como una frase.
Ella asintió.
—Yo te veo, Milo. Pero yo... también cambié estos días.
Él tragó saliva.
—¿Puedo volver?
Chaky respiró hondo. En su mente, pasaron los últimos días como hojas de un cuaderno: Ese día con Remo, el mapache cocinero, que le enseñó a preparar sopa de frutas con bayas escondidas. La tarde con Cornelio, la ardilla nerviosa, que la llevó al punto más alto del bosque donde las estrellas se tocan. Y esa noche con el viejo Búho, que le contó la historia de un ciervo que aprendió a volar…
—Claro que puedes volver —dijo Chaky —Pero el bosque ya no gira a tu alrededor y yo tampoco.
Milo bajó la cabeza, no dijo nada pero por primera vez… entendió.
Chaky se acercó y se sentó a su lado, bajo la lluvia. No lo abrazó, no le dio lecciones. Solo compartió el silencio, que a veces enseña más que mil palabras.
Y así, con los truenos apagándose poco a poco, y la luna saliendo tímida entre las nubes, Milo comprendió algo importante:
Hay amistades que no te siguen, te esperan. Pero mientras te esperan… también cambian. Y si quieres alcanzarlas, no puedes quedarte siendo el mismo.

💬 Actividad: “Los amigos que cambian contigo”
🎯 Lección:
Aprender que las amistades y el amor propio crecen cuando dejamos que los demás también cambien.
✅ Qué necesitas
Hojas o cartulinas
Colores, plumones o crayones
Un espejo pequeño o de mano
👨👩👧👦 Pasos simples
🐾 Dibuja a tu amigo del bosque: Cada persona dibuja un animal que represente a un amigo o familiar (puede ser real o imaginario).Abajo escribe:
“Lo que más me gusta de ti es…”
“Y lo que aprendí de ti fue…”
🌧️ Momento de cambio: En otra hoja, dibujan su yo actual y su yo de antes. Hablan de algo que aprendieron o cambiaron, como:
“Antes me daba pena hablar.”
“Ahora confío más en mí.”
🪞 Mírate como Chaky: Cada quien se mira al espejo y dice una frase positiva:“Me veo. Estoy creciendo. Y eso está bien.”
🌕 Cierre juntosT odos comparten su dibujo y dicen en voz alta: “Las verdaderas amistades no se pierden, evolucionan.”








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