Las abejas también creen en el infinito
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Y ahí estaba yo.
Frente a ella.
Veintiséis años después.
Lo curioso es que la primera vez que estuvimos juntos frente a un altar yo tenía nueve años.... bueno, yo no estaba en el altar, estaba unos metros atrás, enojado y probablemente pensando en cualquier cosa menos en el amor.
Era su Primera Comunión.
Yo no quería ir.
Veintiséis años después estaba otra vez frente a ella, en otra iglesia, frente a otro altar y con una pequeña diferencia:
esta vez sí quería estar ahí.
De hecho, quería quedarme para siempre.
Pero para entender cómo llegamos hasta ese momento hay que regresar muchos años.
Muchísimos.
Antes de nosotros.
Antes de las aplicaciones de citas.
Antes de internet.
Antes incluso de que alguien pudiera dejarte en visto.
Mi abuela llegó a México desde España junto con mi abuelo.
Venían escapando de una época que había dejado demasiadas heridas y buscando algo que, en aquellos años, sonaba enorme:
el sueño mexicano.
Sí.
Hubo una época en la que México era el lugar al que la gente venía para empezar de nuevo.
Mi abuelo recibió una oferta para trabajar en una gran empresa, con un gran puesto y un gran sueldo.
Bueno...
eso decía la oferta.
Porque los sueños tienen una pequeña trampa: a veces tardan bastante más de lo prometido en hacerse realidad.
Y algunos cambian de forma por completo.
Llegaron al Distrito Federal y comenzaron una vida.
Mi abuela se convirtió en mamá de cuatro hijos mientras mi abuelo trabajaba para mantener a cuatro hijos, una esposa y, si sobraba algo, también a él.
No era una vida fácil.
Pero era una buena vida.
Hasta que llegó una de esas pruebas que nadie entiende cuando suceden.
La hija menor de mis abuelos se convirtió en ángel siendo todavía muy pequeña.
Y la familia tuvo que aprender una de las lecciones más difíciles que existen:
que incluso con un pedacito roto, el corazón tiene que seguir latiendo.
Y la vida...
siguió.
Años después, uno de los hermanos de mi mamá hizo un amigo en la escuela.
Decir que eran inquietos sería bastante amable.
Se colgaban de los barandales.
Jugaban caballazos.
Inventaban competencias que probablemente no estaban aprobadas por ninguna autoridad educativa.
Y terminaron tantas veces en la dirección que casi podrían haber pedido ahí un escritorio propio.
Fue precisamente en esa dirección donde ocurrió algo importante.
Sus mamás comenzaron a conocerse.
Al principio se encontraban porque las habían citado por culpa de sus hijos.
Después comenzaron a platicar.
Luego dejaron de necesitar niños castigados como pretexto.
La dirección se convirtió en café.
El café en visitas.
Y las visitas en amistad.
Sin saberlo, mientras dos niños hacían travesuras, estaban comenzando una historia que tardaría décadas en terminar de escribirse.
Las dos familias se hicieron amigas.
Por un lado estaban los hijos de mis abuelos: dos hombres y mi mamá.
Por el otro, los tres hijos de aquella nueva amiga de mi abuela.
Crecieron juntos.
Después mis abuelos se cambiaron de colonia y tuvieron otro hijo.
La familia volvió a ser de cuatro hermanos.
Y siguieron los años.
Preparatoria.
Universidad.
Primeros trabajos.
Novias.
Novios.
Decisiones buenas.
Decisiones que uno jura que fueron buenas.
Y finalmente esa cosa que todos esperamos cuando somos niños sin saber muy bien qué significa:
la vida real.
Mi mamá conoció a mi papá.
¿Cómo?
Como ocurrían estas cosas antes de las aplicaciones:
por el amigo de un amigo.
Una tecnología antiquísima que, curiosamente, funcionaba bastante bien.
Se enamoraron, se casaron y se fueron a vivir a un edificio en la colonia Roma.
Tiempo después, uno de los hijos de aquella amiga (el inquieto) de mi abuela estaba buscando departamento para vivir con su esposa y su hijo.
Encontró uno.
Casualmente, estaba justo arriba del departamento de mis papás.
Porque aparentemente a esta historia le gustan mucho las casualidades.
Las familias volvieron a convivir.
Hubo domingos.
Comidas.
Risas.
Niños jugando.
Historias que se repetían.
Hasta que ambas familias volvieron a mudarse.
Mis papás se fueron a una casa en una zona donde prácticamente solo vivían vacas.
El amigo de mi mamá se fue con su familia a otra zona mucho más conocida de la ciudad.
Pero la amistad continuó.
Mi mamá se hizo amiga de la esposa del amigo de su hermano.
Sí.
Ya sé.
Esto empieza a sonar a:
“El primo del amigo del hermano de la vecina de mi mamá...”
Pero aguanta.
Al final todo tendrá sentido.
Pasaron más años.
En mi familia llegué yo.
Y en la otra familia llegaron dos niñas más.
Una de ellas era la de en medio.
Como Malcolm.
Y la vida siguió haciendo lo suyo.
Cumpleaños.
Bautizos.
Navidades.
Comidas.
Eventos.
Hasta que un día llegó una invitación.
La Primera Comunión de la hija de en medio.
Yo tenía nueve años.
Y no quería ir.
Pero fui.
Ahí estaba ella.
Y ahí estaba yo.
No pasó absolutamente nada.
Ni música romántica.
Ni cámara lenta.
Ni una voz diciendo:
“Beto, pon atención porque en veintiséis años...”
Nada.
Yo probablemente solo quería que terminara aquello para poder irme a jugar.
Ella hizo su Primera Comunión.
Yo regresé a mi casa.
Y la vida continuó.
Como si nada.
Porque una de las cosas más curiosas del destino es que nunca te avisa cuando acaba de ocurrir algo importante.
Pasaron los años.
Muchos.
Las familias siguieron creciendo.
En la suya ya había un hijo casado, otra hija con novio y la de en medio...
soltera.
En la mía, mi hermana estaba casada.
Mis papás estaban en una especie de... pausa de hidratación.
Cada uno por su lado.
Y yo estaba como Ted Mosby: buscando a la mujer de mi vida y tardándome demasiadas temporadas en encontrarla.
Entonces llegaron las aplicaciones de citas.
Y ahí estaba yo.
Buscando.
Conociendo gente.
Divirtiéndome.
Equivocándome.
Lastimando alguna vez sin querer.
Saliendo lastimado otras.
Porque buscar el amor también consiste en descubrir muchas veces dónde no está.
Hasta que me cansé.
Decidí cerrar la aplicación.
Solo faltaba una última cita.
Una.
Y ya.
Antes de ir, hice lo que cualquier persona responsable del siglo XXI haría:
investigué sus redes sociales.
No stalkeé.
Investigué.
Hay diferencia.
Y entonces vi una fotografía.
Era su abuela.
Me quedé mirando la pantalla.
La conocía.
Era la amiga de mi abuela.
Aquella mujer que había estado en reuniones familiares.
La que había conocido desde siempre.
La que había estado en mi Primera Comunión.
La mamá de aquel amigo de la escuela.
Del niño de los barandales.
Del niño de los caballazos.
Del niño que tantas veces había terminado en la dirección.
Y mientras yo descubría eso... ella encontró exactamente lo mismo.
A mi abuela.
Una mujer que había estado presente en su familia desde que ella era chica.
Nuestras abuelas se conocían.
Nuestros padres se conocían.
Nuestras familias llevaban décadas cruzándose.
Y aun así... nadie nos presentó.
Tuvimos que esperar veintiséis años y una aplicación.
Hay gente que llama a eso casualidad.
Yo prefiero otra palabra: Diosidencia.
Fui a la cita.
Y ahí llegó ella.
Hay personas que uno conoce poco a poco.
Y hay otras que, por alguna razón imposible de explicar, parecen conocidas desde antes de conocerlas.
Ella sonrió.
Y yo pensé algo que probablemente no debía pensar en una primera cita:
es ella.
No sabía por qué.
Pero lo sabía.
Íbamos a cenar y... nunca cenamos.
Pedimos unas aguas y comenzamos a hablar.
Una hora.
Otra.
Y otra.
Hablamos de nuestras familias.
De nuestras abuelas.
De todas esas veces en las que nuestras vidas habían estado a unos cuantos metros sin encontrarse realmente.
Nos reímos.
Mucho.
Y después llegaron más citas.
En una de ellas aparecieron las abejas.
Y terminaron convirtiéndose en una especie de pequeño símbolo nuestro.
Quizá porque las abejas son así.
Salen.
Vuelan.
Se alejan.
Parecen perderse.
Pero de alguna manera saben dónde está su hogar.
Creo que nosotros hicimos algo parecido.
Tardamos veintiséis años en regresar al mismo lugar.
Solo que esta vez sabíamos por qué estábamos ahí.
Las horas de aquella primera cita se convirtieron en días.
Los días en meses.
Los meses en noviazgo.
Y mientras todo eso ocurría, ella hizo algo que nunca olvidaré.
Cuando la conocí, yo estaba distanciado de mi papá.
Había cosas pendientes.
Silencios.
Orgullos.
Esas tonterías enormes que a veces construimos los adultos y después no sabemos cómo derribar.
Ella no solucionó el problema por mí.
Hizo algo mejor.
Me dio la fuerza para hacerlo yo.
Volví a buscar a mi papá.
Volvimos a hablar.
Volvimos a conocernos.
Y terminamos convirtiéndonos en algo que durante mucho tiempo pensé que ya no sería posible: mejores amigos.
Y como si esta mujer tuviera una extraña costumbre de reparar cosas sin hacer ruido, aquello también terminó acercando otra vez a mis papás.
La pausa de hidratación... terminó. Ahora son amigos
Por eso cuando digo que ella cambió mi vida no hablo únicamente de enamorarme.
Hablo de que, desde que llegó, algunas piezas que llevaban años fuera de lugar comenzaron a acomodarse.
Un día entendí que quería casarme con ella.
Aunque, pensándolo bien, quizá llevaba mucho tiempo decidido.
Solo faltaban veintiséis años para enterarme.
Y así llegamos nuevamente al principio de esta historia.
A un altar.
A ella.
Y a mí.
La primera vez yo tenía nueve años y estaba enojado porque me habían obligado a ir a una Primera Comunión.
Veintiséis años después estaba ahí por decisión propia.
Esta vez ella no llevaba vestido de Primera Comunión.
Llevaba vestido de novia.
Y yo no estaba esperando que terminara la ceremonia.
Quería que empezara nuestra vida.
Miré alrededor.
Nuestras familias estaban ahí.
Las mismas familias que habían comenzado a cruzarse décadas atrás.
Por una guerra.
Por un viaje desde España.
Por México.
Por una escuela.
Por dos niños bastante mal portados.
Por una dirección.
Por dos abuelas que se hicieron amigas mientras esperaban a que regañaran a sus hijos.
Por un departamento encima de otro.
Por cumpleaños.
Por primeras comuniones.
Por mudanzas.
Por aplicaciones.
Por fotografías.
Por una última cita que casi no sucede.
Por abejas.
Y por miles de pequeñas decisiones que parecían no tener ninguna relación entre sí.
Hasta que la tuvieron.
Entonces miré hacia otro lado.
Y ahí estaba aquel niño de la escuela.
El amigo de mi tío.
El amigo de mi mamá.
El culpable indirecto de que nuestras abuelas se conocieran.
Solo que ahora tenía otro título. Mi suegro.
Y pensé: Qué manera tan absurda, maravillosa y complicada tuvo la vida de presentarme a mi esposa.
No sé si el destino existe.
No sé si todo está escrito.
Tampoco sé si Dios mueve algunas piezas mientras nosotros creemos que estamos tomando decisiones completamente independientes.
Lo que sí sé es que la vida tiene secretos.
Que algunas cosas que hoy parecen no significar nada quizá estén preparando algo que entenderemos dentro de diez, veinte o veintiséis años.
Sé que habrá pruebas.
A veces habrá que cruzar guerras.
Habrá despedidas.
Mudanzas.
Distancias.
Días difíciles.
Y también habrá domingos, familias, reconciliaciones, carcajadas, cafés y momentos que uno quisiera guardar para siempre.
La vida nunca va a detenerse.
Nosotros tampoco.
Pero si algún día tienes la suerte de encontrar a esa persona que convierte el ruido en calma, que te ayuda a regresar a quienes amas y que hace que cualquier lugar se sienta un poco más como casa... no la sueltes.
Porque quizá el infinito no sea vivir para siempre.
Quizá el infinito sea encontrar a alguien con quien siempre valga la pena volver a empezar.
Y si algún día nos perdemos... haremos lo mismo que las abejas.
Volaremos un rato.
Buscaremos el camino.
Y volveremos a casa.
Porque después de tantos años entendí algo: el amor de tu vida no siempre llega cuando lo conoces. A veces lleva toda la vida encontrándote.
Y para todo lo demás... siempre nos quedará un café.


























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